Ojalá. Ojalá todos los problemas de comportamiento se solucionarán únicamente con amor, paciencia y tiempo.

La realidad es que a la hora de trabajar sobre algún problema de comportamiento hacen falta más cosas. Hace falta un trabajo denso y comprometido por detrás. Hacen falta horas, días y meses de aprender lo que necesita tu perro y lo que funciona para ambos como grupo social.

Hace falta trabajar de manera global y no centrarnos únicamente en lo que a nosotros nos parece que es un mal comportamiento. Ojo, hay veces que sí que puede serlo. Otras con darle al perro, por ejemplo, distintas formas de liberar energía y reforzando vínculo ya cesan significativamente.

 

¿Qué es entonces lo primero que hay que evaluar para ayudarle?

Lo primero es saber de dónde viene tu perro, cómo es su relación con las personas con las que vive, cuántas veces, cuánto tiempo y por dónde pasea, dónde duerme, con qué, cómo y con quién juega. Cómo percibe los entornos u objetos nuevos que aparecen en su vida, cuánto tiempo tarda en adaptarse a ellos, sus capacidades relacionales, su capacidad para gestionar correctamente las emociones, si es capaz de conectar-desconectar, si entiende cuando te enfadas con él, cómo te enfadas con él, qué es lo que pretendes de él, etc, etc.

Básicamente es analizar punto por punto la vida no solo de tu perro, cuidado, si no de toda la familia. Vuestras rutinas también son muy importantes. Una vez sabiendo todo esto se debe trabajar con el perro de manera que tanto tutor como perro salgan beneficiados del trabajo que se realice.

Trabajando todos estos puntos en un perro que no tiene un problema grave si no que no tenía las necesidades cubiertas, muchas veces soluciona el problema o solo aparece de manera muy puntual en algún pico de estrés. Y como veis, no todo ha sido amor y paciencia. Ha sido ver bien qué necesita el perro y qué es lo que le estamos dando. Es ver qué pretendemos del perro pero a la vez fijarnos en si nosotros estamos siendo justos con él en pedirle algo que no entiende. Es comprender que tenemos una especie totalmente distinta en casa; domesticada, sí, pero distinta. Con distintas formas de percibir lo que le rodea y de aprender, con sus propios gustos, personalidad y carácter. No, no todos los perros son iguales tampoco.

Eso en cuanto a los casos de necesidades descubiertas, donde no hay problemas de conducta graves ni a nivel emocional. En estos casos, en los que el perro necesita que se trabaje sobre su gestión emocional, nunca, pero nunca, va a salir de ahí si no le ayudamos.

El perro con miedo a otros perros que reacciona ladrando y poniéndose a dos patas cuando ve uno, no va a dejar de hacerlo si nosotros no trabajamos ese miedo a los perros. Hay que enseñarle a controlar sus emociones, a mostrarle con experiencias que los perros no son un peligro, darle volumen a las estructuras neuronales del hacer y del no hacer en su cabecita. Mejorar el vínculo con nosotros y al mismo tiempo cuando esté preparado dejarle decidir por sí mismo. Empoderarle para que se sienta seguro y con confianza.

La perra que cuando se queda sola sufre de muchísima ansiedad y no deja de llorar y aullar en horas, no va a dejar de hacerlo si no trabajamos esa ansiedad para que, aunque no le guste estar sola, vea que no pasa nada y que puede aprovechar ese momento para descansar.

Los problemas emocionales no se solucionan solos. Y no se solucionan sintiendo pena por el perro, sacándole siempre de las situaciones, dándole tiempo para que se haga más adulto, castrándole…

Tenemos que ser conscientes de esto. Todos.

A una persona que ha pasado por un mal momento le podemos explicar, le podemos intentar apoyar, razonar con él, hacerle salir. E incluso muchos terminan necesitando ayuda profesional de un psicólogo.

¿Por qué creemos que entonces nuestros perros, pequeñas criaturas emocionales, saldrán por sí solos adelante?

Los profesionales de la educación canina tenemos que ofrecer herramientas, tanto a perros como a personas, para ir afrontando y gestionando las situaciones que se les presenten en el día a día. Con amor, sí, con paciencia, sí, y con una cuanta constancia y dando tiempo a todo también. Pero añadiendo trabajo denso por detrás, para que todo se una y entonces resulte en el avance y progreso de la convivencia de ambos, y en su felicidad.

Ojalá el trabajar con nuestros perros para que sean felices fuera algo normalizado. Desgraciadamente la mayoría de las veces la gente solo contacta a un profesional para trabajar con su perro cuando el problema afecta a SU felicidad. A la de la persona o familia.

 

Mi caso personal con Kala

Adopté a Kala con un mes, si es que llegaba. No tuvo apenas contacto con sus hermanos y su madre y estuvo hasta los 3-4 meses que tuvo todas las vacunas sin salir de casa (error). Cuando salió, como vivía en zona vacacional, no nos encontrábamos con otros perros o personas por la calle.

Eso, junto quizá con cierta predisposición genética a la inseguridad ha hecho que sea insegura en los primeros contactos con perros y personas que no conoce. Estuvo casi 5 años y medio que si se veía un perro le evitaba totalmente, si una persona se le acercaba, ella se alejaba mucho. Cinco años en los que ella por supuesto tenía amor y paciencia y yo no la obligaba a juntarse con otros perros ni otras personas. A las personas les decía que tenía miedo y ya está. Claro, el que se agachen de repente para acariciar a tu perra por la calle tampoco ayuda.

Ahora tiene 7 años. He trabajado con ella su seguridad en sí misma, no solo mediante juegos de olfato, propiocepción y resolución de problemas. Si no también dando paseos con perros equilibrados, sabiendo salir de situaciones en las que quizá un perro la persigue y ella se asusta, enseñándole a confiar en sus capacidades sociales, en ella misma y en mí. Estando ahí si me necesita pero sin sobre-protegerla ni exponerla por encima de sus capacidades de afrontamiento.

No es una perra que verás jugar con otros perros, ni que se lance a tus brazos nada más conocerla para que la acaricies (aunque alguna vez me ha sorprendido con alguna persona). Pero ahora se acerca curiosa a las personas a olfatearles, se deja acariciar por algunas personas, se interesa por los perros a nivel social. Vale, no juega con ellos, pero les huele, se deja oler cada vez más, incluso invita al juego a alguno sin ser correspondida (no entienden a la pobre, que va dando saltitos como una cabra). Cierto es que se siente más cómoda con perros pequeños y es menos tolerante en cuanto a que la huelan perros grandes, pero es algo totalmente normal en una perra de raza pequeña y además con su historial.

¿Tengo que seguir trabajando? Oh, sí. Toda su vida. Y no me espero que sea la perra más social del mundo. Pero ey, quizá un día me sorprende.

¿Por qué te cuento esto? Porque si yo no hubiese trabajado con Kala, seguiría siendo una perra con amor y paciencia, pero también una perra con nulas capacidades sociales, sin confianza en sí misma para salir de situaciones y seguiría evitando a todo perro y persona que se cruzase. Y no, un perro así por mucho que lo parezca, no es feliz.